Revista de Ciencias Empresariales y Sociales. Vol. 12, N°10, 2025 (julio-diciembre)
ISSN electrónico 2618-2327 (1-14)
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Identidades en tránsito: exploración teórica del caso de los jóvenes argentino-coreanos
Jung Eun Lee1
arescolee@gmail.com
Fecha de recepción: 27 de julio de 2025
Fecha de aceptación: 26 de noviembre de 2025
ARK CAICyT: https://id.caicyt.gov.ar/ark://rrqfvvwew
Resumen
Este estudio examina las identidades de los jóvenes argentino-coreanos en Buenos Aires a
partir de una aproximación teórica y conceptual que articula perspectivas interseccionales,
transnacionales y críticas. Analiza cómo estas identidades se configuran en la intersección
entre procesos de racialización local, políticas migratorias y culturales de ambos Estados, y
jerarquías simbólicas del orden global. A través de este enfoque, se propone comprender la
producción de subjetividades que desafían las categorías fijas de nación, etnicidad y
ciudadanía en el contexto contemporáneo.
Palabras clave: Identidad diaspórica, Racialización, Transnacionalismo, Jerarquía
global,Corea del sur
Esta obra está bajo uma Licencia Creative Commons Atribución-NoComercial 4.0
Internacional
1 Universidad de Buenos Aires. ORCID 0009-0005-5758-1875
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Abstract
This study examines the identities of Argentine-Korean youth in Buenos Aires through a
theoretical and conceptual approach grounded in intersectional, transnational, and critical
perspectives. It analyzes how these identities are shaped at the intersection of local processes
of racialization, migration and cultural policies from both states, and the symbolic hierarchies
of the global order. This framework seeks to understand the production of subjectivities that
challenge fixed categories of nation, ethnicity, and citizenship in the contemporary context.
Keywords: Diasporic identity, Racialization, Transnationalism, Global hierarchy, South
Korea
Resumo
Este estudo analisa as identidades de jovens argentino-coreanos em Buenos Aires a partir de
uma abordagem teórica e conceitual que articula perspectivas interseccionais, transnacionais
e críticas. Examina como essas identidades se constroem na interseção entre processos locais
de racialização, políticas migratórias e culturais de ambos os Estados, e hierarquias
simbólicas da ordem global. O objetivo é compreender a produção de subjetividades que
questionam categorias fixas de nação, etnicidade e cidadania no contexto contemporâneo.
Palavras-chave: Identidade diaspórica, Racialização, Transnacionalismo, Hierarquia global,
Coreia do Sul
Introducción
Este artículo se enmarca en la etapa inicial exploratoria de una investigación más amplia
sobre las nuevas configuraciones identitarias de jóvenes descendientes de migrantes coreanos
en Buenos Aires en el contexto global contemporáneo. El objetivo principal es doble: por un
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lado, llevar a cabo una revisión crítica y situada de diversos marcos teóricos y conceptuales
que resultan relevantes para el análisis de estas identidades desde una perspectiva
interseccional, crítica, regional y global. Entre los enfoques considerados se incluyen la
colonialidad del poder (Quijano, 2000), la economía étnica (Arjona Garrido & Checa Olmos,
2006), la ciudadanía condicional (Hundt, Walton & Lee, 2023) y las políticas migratorias en
Argentina (Domenech & Magliano, 2008). Por otro lado, se busca avanzar en la formulación
de una hipótesis de trabajo que será desarrollada empíricamente en una etapa posterior
mediante entrevistas cualitativas.
Abordar el fenómeno actual de la diáspora coreana requiere un enfoque que articule
tanto los procesos culturales transnacionales como las dinámicas locales de inclusión y
exclusión. Desde fines de los años noventa, Corea del Sur ha desplegado una política activa
de acercamiento a sus comunidades en el exterior, enmarcada en estrategias de desarrollo
económico y de proyección cultural internacional (Yim, 2002; Jin, 2016; Yoon, 2019; Lim y
Song, 2021). Este proceso se ha visto potenciado por el fenómeno del hallyu o “ola coreana”
—la expansión global de productos culturales como el K-pop, los dramas televisivos y el
cine—, que ha contribuido a la construcción de nuevas formas de identidad transnacional
entre jóvenes de origen coreano, incluso en aquellos casos donde los vínculos directos con
Corea del Sur son limitados (Kang, 2015).
En este contexto, resulta pertinente incorporar el concepto de “ciudadanía condicional”
propuesto por Hundt, Walton y Lee (2023), que permite analizar cómo ciertos grupos —
como migrantes y minorías étnicas— son incluidos simbólicamente pero excluidos material
o políticamente. Esta noción, aplicada tanto a Corea del Sur como a Argentina, revela los
mecanismos por los cuales estas poblaciones son aceptadas bajo condiciones específicas,
manteniéndose fuera de los márgenes del reconocimiento pleno y del acceso irrestricto a
derechos.
Partiendo de los aportes teóricos revisados, se propone pensar las identidades de estos
jóvenes no como fijas, sino como construcciones dinámicas que se producen en el entrecruce
de múltiples fuerzas: procesos transnacionales como el Hallyu, discursos institucionales de
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inclusión/exclusión, experiencias cotidianas de discriminación racial y nuevas jerarquías
globales que reposicionan a Corea del Sur como potencia emergente frente a Latinoamérica.
La experiencia de estos jóvenes argentino-coreanos, en contacto con estas
expresiones culturales globalizadas, genera una forma de apropiación simbólica que refuerza
ciertos sentidos de pertenencia étnica y, al mismo tiempo, produce nuevas prácticas de
consumos culturales estratégicos que contribuyen a su autoidentificación.
En este sentido, el trabajo se concibe como un espacio exploratorio y de consolidación
teórico-metodológica, con el objetivo de conectar el plano conceptual con el empírico de la
investigación. En etapas posteriores, la hipótesis aquí formulada será puesta a prueba a través
de entrevistas en profundidad con jóvenes argentino-coreanos en Buenos Aires y otros
métodos cualitativos, lo que permitirán comprender las subjetividades en juego en este
escenario migratorio contemporáneo.
La otredad visible: raza, signos y jerarquías corporales
Diversos autores han coincidido en señalar que la raza no debe entenderse como una
categoría biológica, sino como un sistema de signos, una forma de codificación que produce
jerarquías sociales y marca la diferencia sobre la piel y los rasgos físicos (Segato, 2005; Hall,
2017; Wade, 2021). En esta perspectiva, el cuerpo asiático en las ciudades latinoamericanas
se convierte en un “marcador” de extranjería, operando como un significante que inscribe a
los sujetos en posiciones de alteridad, incluso cuando su experiencia de vida transcurre en
clave nacional de Argentina. El “parecer” extranjero es suficiente para que se activen
estereotipos, expectativas e incluso formas sutiles de discriminación.
En el contexto argentino, los jóvenes argentino-coreanos son frecuentemente
percibidos como “extranjeros”, a pesar de haber nacido en el país, hablar español y estar
plenamente insertos en el entramado urbano (Lee, 2018). Esta percepción remite a una lógica
de otredad visible, en la que la diferencia se codifica visualmente sobre los cuerpos,
generando lecturas sociales que trascienden la nacionalidad legal o la pertenencia cultural.
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Esta racialización, como forma de clasificación social, no actúa de manera explícita
ni en un plano discursivo: se ancla en una estructura más amplia que asocia ciertos cuerpos
a determinados roles, comportamientos o valores. Como señala Giddens, en situaciones de
exclusión racial o cultural, las identidades étnicas tienden a fortalecerse como formas de
resistencia o afirmación (2000). En este sentido, los continuos consumos culturales y
prácticas étnicas de jóvenes argentino-coreanos sólo pueden interpretarse como una
búsqueda de conexión con Corea, sino también como una forma de reapropiación o
reconstrucción de una identidad que, en el espacio nacional, les es continuamente puesta en
cuestión.
La imposibilidad de “pasar desapercibidos” dentro de un imaginario nacional que
históricamente privilegió la blancura y lo europeo (Hall, 2017; Wade, 2021) evidencia que
el relato de una Argentina mestiza, abierta y democrática convive con mecanismos de
exclusión simbólica. Como plantea Segato (2005), la racialización funciona como una
tecnología de organización del espacio social, jerarquizando cuerpos y regulando su
circulación. En este sentido, lo “coreano” opera como un signo de exotismo “oriental”, de
diferencia aceptada pero no integrada plenamente (Lee, 2018).
Esta otredad se construye tanto desde abajo como desde arriba: desde la interacción
cotidiana, en comentarios, miradas o preguntas como “¿de dónde sos en realidad?”, como
desde discursos institucionales que exaltan la diversidad, pero solo bajo ciertas condiciones
de ejemplaridad o utilidad. Esta forma de inclusión subordinada se vincula con la figura del
“modelo de minoría”, que implica una aceptación condicionada: una integración que, en
lugar de desdibujar las diferencias, las instrumentaliza y las mantiene dentro de límites
aceptables (Park y Chang, 2005). En el caso argentino, las políticas migratorias han reforzado
fronteras simbólicas de exclusión, especialmente hacia quienes no encajan plenamente en el
ideal nacional (Domenech y Magliano, 2008). En ese marco, los jóvenes argentino-coreanos
son muchas veces valorados por su disciplina, rendimiento o perfil cultural “exitoso”, pero
esta misma lógica refuerza su posición como “otros integrables”, nunca plenamente parte del
nosotros nacional.
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En síntesis, la experiencia cotidiana de los jóvenes argentino-coreanos está atravesada
por una tensión constante entre pertenencia cultural y exclusión visual. Su cuerpo marca la
frontera, en recordatorio permanente de una diferencia exótica y ajena. La racialización opera
aquí como una máquina de producción de alteridad que delimita quién puede ser considerado
“argentino” y quién, a pesar de cumplir con todos los requisitos legales y jurídicos, siempre
quedará al margen (Lee, 2018).
Fronteras simbólicas: etnicidad, nación y ciudadanía condicional
Este apartado comienza a dialogar con las preguntas surgidas a partir de un estudio
previo que analizó las respuestas de los jóvenes argentino-coreanos frente a la crisis del 2001
(Lee, 2018). En el estudio se analizó cómo, frente a las consecuencias de la crisis económica
y social, los jóvenes de la comunidad coreana comenzaron a reaccionar a partir del retorno a
la economía étnica, especialmente en torno al enclave textil. Este retorno no fue meramente
económico: significó también una reafirmación del lazo familiar y comunitario, una forma
de contención y pertenencia frente a la inestabilidad del entorno nacional. La responsabilidad
familiar y las lógicas solidarias intraétnicas se consolidaron como ejes centrales en la
construcción de subjetividades en ese contexto y reconfiguraron su identidad colectiva.
Sin embargo, en la última década, se observa un proceso de complejización del
escenario ya que el auge del Hallyu ha situado a Corea del Sur como un referente cultural
positivo y deseable a nivel global (Kang, 2015). Cabe señalar que este fenómeno está
vinculado con las políticas culturales surcoreanas que han convertido al Estado en un actor
central de la proyección global de Corea, no solo a través de contenidos culturales, sino
también mediante la construcción simbólica de una identidad nacional deseable, cohesionada
y exportable. Hye-Kyung Lee conceptualiza este fenómeno como el surgimiento de un
“Estado patrón cultural”, que actúa como promotor activo del soft power coreano, articulando
intereses económicos, culturales y diplomáticos (2018).
En esta misma línea, Jin argumenta que, incluso en un contexto marcado por reformas
neoliberales, el Estado surcoreano ha logrado mantener una fuerte presencia en la definición
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de los contenidos y sentidos del Hallyu, actuando como curador de la imagen nacional
globalizada y promoviendo activamente el desarrollo de las industrias culturales del país
(2016). Este modelo no se limita únicamente a proyectar una imagen hacia el exterior, sino
que también se dirige a las comunidades diaspóricas, concebidas como extensiones
simbólicas de la Nación. La Ley Overseas Korean Act (OKA) fue promulgada por Corea del
Sur en 1999 como parte de este esfuerzo por fortalecer los vínculos entre el Estado surcoreano
y su diáspora,
Así las comunidades coreanas en el exterior se convirtieron en objeto de formas de
reconocimiento para el Estado surcoreano. En este sentido, Lim y Song (2021) analizan cómo
este Estado ha intensificado sus políticas de vinculación con la diáspora mediante iniciativas
culturales, educativas y simbólicas que, en las últimas décadas, han buscado fortalecer una
conexión identitaria de carácter transnacional. Si bien los sujetos de las comunidades en
diáspora no son pasivos, sino que negocian y resignifican lo que se espera de ellos, este
proceso se enmarca en una lógica de nacionalismo cultural que busca consolidar una
identidad nacional homogénea, anclada en valores tradicionales y en una idea de “coreanidad”
esencial (Yim, 2002; Kang, 2015; Yoon, 2019).
Si bien el objetivo de la Ley OKA era reintegrar simbólicamente a la diáspora en el
proyecto nacional coreano, especialmente en un contexto de apertura económica, expansión
global del Hallyu, y necesidad de capital humano transnacional, Park y Chang (2005)
muestran cómo el Estado selecciona a qué parte de la diáspora incluir plenamente, y a cuál
no. Los coreanos de China o Asia Central, por ejemplo, fueron vistos como “menos coreanos”
o no deseables, por no cumplir con criterios culturales, lingüísticos o económicos. En
consecuencia, las coyunturas han generado nuevas formas de posicionamiento identitario
entre los jóvenes descendientes coreanos en el mundo, más abiertas, híbridas y estratégicas,
pero también atravesadas por jerarquías estructurales.
En este sentido, Lamont (2000) define las fronteras simbólicas como los marcos
culturales y sociales que delimitan quién pertenece y quién queda fuera de determinados
grupos sociales, estableciendo criterios de legitimidad y reconocimiento. Estas fronteras,
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aunque intangibles, producen efectos muy reales en el acceso al respeto, la ciudadanía
simbólica y la pertenencia nacional.
Desde una perspectiva latinoamericana, Quijada Bartolomé (2008) señala que las
fronteras étnicas no siempre coinciden con las fronteras políticas del Estado-nación, sino que
son construidas socialmente en contextos relacionales de desigualdad, y se actualizan en los
discursos, imaginarios y prácticas cotidianas. En el caso de los jóvenes argentino-coreanos,
estas fronteras simbólicas operan tanto en el espacio argentino —donde sus rasgos los ubican
en un lugar de alteridad— como en el vínculo con Corea del Sur, donde muchas veces son
considerados “insuficientemente coreanos” por no encajar del todo con el ideal nacional
promovido desde el Estado y los medios (Kang, 2015; Yoon, 2019).
El concepto de “ciudadanía condicional” propuesto por Hundt, Walton y Lee (2023)
es útil para comprender esta experiencia. Según los autores, la ciudadanía coreana no se
ejerce plenamente cuando el acceso a derechos, reconocimiento o visibilidad depende de
cumplir ciertos requisitos implícitos: ser productivo, no ser “conflictivo”, adaptarse sin
cuestionar. La integración se transforma en un contrato desigual, donde la pertenencia está
sujeta a la aceptación de un lugar subordinado en la jerarquía social y simbólica. Así, la
pertenencia se convierte en una experiencia ambigua, constantemente negociada en ambos
planos nacionales que tienden a excluir desde distintos ángulos.
Frente a estas tensiones, los vínculos con Corea del Sur —ya sea a través de becas,
programas de intercambios culturales, remigración, estancias temporales o consumos
digitales— se convierten en una herramienta ambivalente: pueden funcionar como fuentes
de orgullo cultural y sentido de pertenencia, pero también como dispositivos de reafiliación
simbólica, que reconfiguran la identidad étnica desde afuera, según las lógicas del Estado
surcoreano y su proyecto de proyección cultural global. En este marco, la remigración
creciente de jóvenes coreano-argentinos hacia Corea del Sur, observada en los últimos años,
no sólo se debe a la inestabilidad económica argentina, si no también responde a la
intensificación de las políticas públicas del Estado surcoreano dirigidas a su diáspora.
Un ejemplo clave del giro institucional es la promulgación de la nueva Ley Marco
sobre los Coreanos en el Extranjero en 2023, que reemplazó a la OKA de 1999. A partir de
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esta ley, el gobierno coreano creó la Agencia de Coreanos en el Extranjero, encargada de
desarrollar y ejecutar programas culturales, educativos y sociales orientados a facilitar la
conexión, integración y participación de los coreanos en el exterior. Si bien estas medidas
apuntan a un fortalecimiento de los lazos transnacionales, también pueden ser leídas como
parte de una estrategia estatal frente a la creciente crisis demográfica derivada de la baja
natalidad y el envejecimiento poblacional, enmarcada dentro de un modelo de desarrollo
nacional que busca ampliar su base de población afín más allá de las fronteras territoriales.
En este sentido, lo “coreano” no funciona únicamente como una forma de
autodefinición, sino también como una categoría que los jóvenes deben negociar
constantemente en función de los marcos de reconocimiento disponibles — institucional o
no—, y también de las oportunidades económicas, sociales y simbólicas que esa
identificación puede ofrecer.
En suma, la etnicidad coreano-argentina contemporánea no puede entenderse sin
atender a las múltiples escalas donde se configura: la racialización en el contexto local, las
políticas estatales de identidad y diversidad cultural, y la presencia activa de un Estado como
Corea del Sur que interpela identidades más allá de sus fronteras. Lo que emerge es una
ciudadanía compleja y en disputa, atravesada por fronteras simbólicas cambiantes, donde los
jóvenes reconfiguran su identidad en un campo tensionado entre integración, desarraigo,
orgullo cultural y exclusiones persistentes.
Diversidad gestionada: políticas multiculturales, interseccionalidad y jerarquías
globales
Como se ha observado, la experiencia de los jóvenes argentino-coreanos refleja este
escenario de ambigüedad. Por un lado, a pesar de que su presencia cultural todavía continúa
siendo leída como “extraña o exótica” o “externa”, anclada en un pasado migratorio, son
parte de una comunidad reconocida en la Argentina por su productividad y disciplina,
cualidades celebradas incluso por el discurso público. A esto se suman las jerarquías globales
que estructuran la forma en que ciertos orígenes nacionales adquieren prestigio o valor
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simbólico. Mientras que en décadas anteriores Corea del Sur ocupaba una posición marginal
en el imaginario global, hoy es percibida como potencia emergente gracias a su crecimiento
económico y a la visibilidad de su industria cultural. Sobre todo, la popularidad mundial y
los éxitos de los contenidos culturales de Corea como los grupos musicales BTS y Blackpink,
la película Parasite, la serie de Netflix El Juego de Calamar, hasta la autora Han Kang que
ganó el premio Nobel de Literatura en 2024, han influenciado en el proceso de
reposicionamiento de las identidades y las vidas de estos jóvenes.
En este sentido, la forma en que se construyen y gestionan las diferencias culturales
en Argentina no es una realidad neutral, sino una categoría producida desde estructuras de
poder que definen los límites de lo aceptable y lo deseable en términos de pertenencia social.
Varios autores coinciden en que la diferencia cultural se institucionaliza en formas que
refuerzan fronteras internas al Estado-nación. La diversidad, lejos de ser una práctica
emancipadora en sí misma, puede operar como una estrategia de clasificación y control social,
sobre todo cuando se vincula con discursos nacionalistas o lógicas neoliberales de
reconocimiento selectivo (Grimson y Karasik, 2017; Briones, 2008; Bartolomé, 2008).
Esta diversidad “gestionada” se despliega en políticas públicas, discursos mediáticos
y prácticas institucionales que, lejos de garantizar la igualdad, muchas veces representan la
colonialidad del poder como argumentarían Quijano (2000) y Wade (2021). La paradoja es
que el sujeto coreano global, en este contexto, es valorado por su estilo, innovación y
exotismo pop, mientras que el argentino-coreano local sigue enfrentando formas de
racialización cotidianas que lo excluyen del “nosotros” nacional.
Frente a estas tensiones, la interseccionalidad se presenta como una herramienta
analítica fundamental. Tal como propone Viveros Vigoya, las desigualdades no operan de
manera aislada, sino que se entrecruzan de forma situada, en contextos concretos (2016). Los
jóvenes coreano-argentinos viven en la intersección de múltiples sistemas de diferenciación:
racialización por los rasgos, clasificación por origen migrante, expectativas de género,
pertenencia de clase, y, en muchos casos, trayectorias familiares ligadas a la economía étnica.
Esta combinación de factores no solo genera exclusiones, sino también modos complejos de
pertenencia y ambivalencias identitarias.
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La noción de economía étnica, como la proponen Arjona Garrido y Checa Olmos
(2006), resulta útil para observar un desplazamiento en el uso del capital cultural por parte
de las nuevas generaciones de la comunidad coreana en Argentina. Las formas clásicas de
economía étnica surgieron en los primeros momentos de la inmigración, tanto como respuesta
a la exclusión del mercado formal como por la fuerza de los lazos comunitarios. Fue así como
se consolidó la comunidad coreana y el barrio coreano vinculado al rubro textil en las zonas
de Flores y Floresta, que no solo funcionaron como fuentes de ingreso, sino también como
espacios de socialización, transmisión de valores y reproducción de una identidad colectiva
que trascendía lo económico.
En los últimos años, sin embargo, especialmente entre los jóvenes argentino-coreanos,
se observa una diversificación de las estrategias económicas, con mayor visibilidad en
sectores como la gastronomía, el turismo, la enseñanza del idioma coreano, la música entre
otros. Esta transformación no responde a la necesidad, sino que se da en un contexto de
creciente valorización de lo coreano en el espacio urbano, donde existen nuevas
oportunidades económicas ligadas al consumo cultural de los contenidos coreanos. A
diferencia de la “globalización desde abajo” conceptualizada por Portes (1996) —donde los
migrantes construyen redes transnacionales como estrategia de supervivencia frente a
sistemas de exclusión—, en este caso los jóvenes hacen uso de su capital étnico y cultural en
rubros donde hoy existe una demanda concreta y creciente, algo que en décadas anteriores
no existía.
Desde esta perspectiva, los jóvenes coreano-argentinos no solo continúan —aunque
de forma resignificada— con ciertas estrategias familiares, sino que se insertan en circuitos
que reflejan y negocian jerarquías globales de valor cultural. A través de prácticas
económicas localizadas, articulan consumos globalizados, vínculos con Corea del Sur y
formas de visibilidad étnica que tensionan los límites entre integración social,
emprendimiento cultural y reproducción identitaria.
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Reflexiones finales
La identidad de los jóvenes argentino-coreanos en Buenos Aires constituye un campo
complejo, atravesado por múltiples escalas de producción identitaria. Sus prácticas culturales,
económicas y espaciales no pueden ser comprendidas únicamente desde una perspectiva
nacional ni exclusivamente transnacional, sino desde el punto de intersección donde
confluyen la racialización local, las políticas públicas de ambos Estados (Argentina y Corea
del Sur) y las jerarquías simbólicas que estructuran el orden cultural global.
En este marco, es fundamental reconocer que la pertenencia nacional no garantiza
una integración simbólica plena. A su vez, la identidad étnica no puede entenderse como un
atributo esencial o fijo, sino como una construcción relacional y situada, que emerge en el
cruce de estructuras de poder, prácticas culturales y contextos globales. Se trata de una
subjetividad que desestabiliza las categorías rígidas de nación, etnicidad y ciudadanía, cuya
particularidad radica en su capacidad para habitar y producir sentido desde los márgenes,
articulando múltiples sistemas de pertenencia que no necesariamente se solapan ni se integran
de manera armónica.
En este sentido, la etapa siguiente de esta investigación consistirá en un trabajo de
campo cualitativo basado en entrevistas en profundidad, abordadas desde un enfoque
interpretativo y etnográfico. Entender las vivencias, narrativas y sentidos que los propios
jóvenes construyen sobre sí mismos permitirá contrastar las hipótesis teóricas con sus
realidades cotidianas.
La etnografía no se concibe únicamente como una herramienta descriptiva, sino como
un enfoque que permite comprender cómo estos jóvenes enfrentan tensiones, contradicciones
y desafíos, y al mismo tiempo, cómo negocian, eligen y transforman sus formas de
identificarse en un mundo en constante cambio. A través de esta aproximación, será posible
evidenciar cómo los procesos de construcción identitaria se encuentran conectados con
fenómenos sociales más amplios, tales como las desigualdades estructurales, el racismo, las
políticas migratorias y culturales, así como con la creciente presencia simbólica de Corea del
Sur en el escenario global.
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